Notes From a Recent Planning Session
La semana pasada participé en una sesión de planificación anual de una PyME familiar del rubro metalúrgico, con 34 empleados y una facturación que viene creciendo a un ritmo que la estructura actual no termina de acompañar. El dueño, segunda generación al mando, convocó a su gerente de producción, a la encargada administrativa y a un asesor externo. El objetivo declarado era "ordenar el año", pero a los veinte minutos quedó claro que el problema real era otro: no había acuerdo sobre qué significaba crecer bien.
El punto de partida fue el tablero de gestión. La empresa mide facturación, horas extras y rechazos de calidad, pero nadie pudo explicar por qué esos tres indicadores y no otros. Cuando pregunté qué decisión tomaban a partir de esos números, la respuesta fue el silencio. Esa es la señal más común de que un tablero se armó por costumbre y no por necesidad.
Durante la sesión trabajamos sobre una pregunta concreta: ¿qué decisiones de este año necesitan datos para ser tomadas con menos riesgo? Surgieron cuatro: cuánto stock de materia prima mantener ante la suba de precios, si conviene sumar un turno o tercerizar parte de la producción, cómo distribuir el aumento salarial sin romper la estructura de costos y qué clientes priorizar cuando la capacidad está al límite.
De ahí salió una lista de indicadores distinta a la que traían. En lugar de medir todo lo que se puede medir, definieron cinco métricas que responden directamente a esas decisiones: rotación de inventario por familia de producto, costo de hora producida por turno, margen de contribución por cliente, cumplimiento de entregas y horas de parada no planificada. No es una lista original, pero es la primera vez que cada número tiene una decisión asociada.
Lo más interesante ocurrió cuando empezamos a asignar responsables. El dueño quería que el gerente de producción "se hiciera cargo" de la rotación de inventario, pero el gerente señaló que las compras las decide el propio dueño desde hace veinte años. Ahí apareció el verdadero tema de la sesión: la planificación no es un ejercicio de llenar planillas, es un acuerdo sobre quién decide qué. Hasta que no se aclara eso, cualquier tablero es decorativo.
Cerramos la jornada con un compromiso modesto: durante los próximos 90 días, cada lunes a las 9 se revisan los cinco indicadores durante 30 minutos, con una sola pregunta en la mesa: ¿qué vamos a hacer distinto esta semana? Sin esa pregunta, la reunión no tiene sentido. El dueño se llevó la tarea de delegar formalmente las decisiones de compra de materia prima, con un límite de monto y un criterio de aprobación escrito.
Lo que sigue es ver si el hábito se sostiene. En mi experiencia, el 70% de estos acuerdos se diluyen antes del segundo mes, no por mala voluntad sino porque no se definió qué pasa cuando alguien no trae los datos. En este caso, acordaron que la reunión se cancela si falta la planilla actualizada. Parece un detalle menor, pero es la diferencia entre una herramienta de gestión y una reunión social.